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martes, 18 de enero de 2011


Otro viaje hacia las estrellas

Sus piernas cortas pisaban la nieve en los pasajes de Moscú, su hocico olfateaba los rastros de una rata sabandija que le había ganado un forcejeo. Pillar ratas en Moscú es casi imposible, sobre todo para una perra cuyo esquelético y friolento cuerpo estaba a punto de deshacerse bajo el pórtico de alguna embajada europea. Sus ojitos eran lo único vivo -prendidos y hambrientos-. Las demás partes del cuerpo estaban a centímetros de la muerte.

Dos hombres la recogieron y la perra se durmió dentro de un saco donde volvió a reconocer el calor. La alimentaron en una habitación blanca, la perra se fortaleció, le pusieron algún nombre común para perros rusos y recuperó el color de su pelaje. Luego vinieron las máquinas, los experimentos, los platos de jalea incolora e insípida. La perra asentía con la cabeza cada instrucción, sin entender nada. Mover la cabeza era satisfacer una mano que soltaba una galleta, nada más. A las cuatro semanas, la perra era el primer ser vivo del planeta tierra en salir al espacio exterior. Laika fue su quinto nombre, los otros cuatro eran nombres de historias pasadas, algunas felices, como la experiencia que tuvo en una casa de veraneo en San Petersburgo, donde un niño pequeño la bautizó comoZhuchka (bichito), tras encontrarla comiendo pasto en el jardín. Los demás fueron nombres que vagabundos borrachos le pusieron. Lástima que los vagabundos nunca fueron muy comprometidos con ella, si así fuese sido, seguramente jamás hubiera estado reducida a una cavidad metálica donde apenas cabía su cuerpo, flotando en algún lugar muy lejos de la Unión Soviética. Siete horas duró Laika en un rincón del universo. Tuvo algunos sueños confusos que se fusionaban con su única visión: el Planeta. Murió de stress tras toparse con la luna. De todas formas iba a morir. Los hombres no habían preparado su retorno, no hubo tiempo, los cerdos capitalistas estaban a punto de mandar un cohete con monos. Había que ganar la carrera espacial sea como fuere, o Stalin le cortaría las cabezas, a ellos, a Laika, a quién fuera el responsable.

Dicen que en Santiago de Chile se encontró un perro que cayó en paracaídas, pero descubrieron que era macho y no hembra como Laika. La gente de derecha y la Iglesia culpó a los comunistas y socialistas a quienes acusaron por lanzar varios perros por el aire, intentando hacerlos pasar por Laika (a quien la población chilena ya apodaba "La Comunacha"), para ganar las elecciones de ese año. Digan lo que digan, Laika jamás volvió a tierra. Decían en esos años, que fue disecada y otros que Stalin, junto a su sastre se la comieron a manera de celebración. El dueño de la luna -un huaso vivo de Talca- llamado Jenaro Gajardo Veradesmintió cualquier rumor sobre la perra, pues juraba con golpe en el pecho que ésta se encontraba bien en su hacienda lunar. Sin embargo, Jenaro fue desmentido por el mismísimo Neil Armstrong, cuyas únicas palabras tras volver a la tierra fueron: “Laika en la Luna definitivamente no está”. Tras dichas palabras, el primer astronauta en pisar la Luna recibió amenazas de muerte y la NASA le recomendó no hablar nunca más.

Lo que está claro es que la materia de Laika no está en nuestro planeta. Que el planeta disminuyó su peso corporal en 6 kilos provocando un desplazamiento minúsculo, es decir un desequilibrio fatal que en pocos años harán que la tierra se haga polvo de estrellas y la humanidad como una sola masa chillona y fantasmal, flotará desparramada muy lejos de la nave de Laika, el Sputnik 2, muy lejos de sus restos, de sus ojos que al cerrarse por última vez comenzaron el recorrido de extinción del planeta y de la vida.


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