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jueves, 13 de enero de 2011


Aeromozas ¿qué hacen aquí?









Estoy despierto y sostengo mentalmente las alas del avión. Escucho hablar al resto de los pasajeros. La mayoría están dormidos pero hablan en sueños. Tienen pesadillas o sueños recurrentes. Son chilenos. Las azafatas españolas los miran mientras atraviesan el pasillo de punta a punta, a veces en paralelo y a veces en direcciones contrarias. Cuando esto último ocurre y sus trayectorias se interseccionan ambas azafatas levantan las cejas en la oscuridad y prosiguen imperturbables su marcha.

Roberto Bolaño


Mis experiencias con azafatas han sido varias. Y no del tipo burdo (eso para Hollywood y affaires soñados). Han sido en realidad experiencias del orden visual. Una mirada y un par de ojos que responden a la distancia, mientras sus manos sostienen un jugo de tomate a punto caer en el vaso de un pasajero finlandés. En primer lugar prefiero llamarlas aeromozas. Idealmente deben ser bellas y jóvenes, y llevar la frente estirada por las riendas de sus moños perfectamente enlazados en alguna cintilla cuyo color corresponde a los colores de la línea aérea. Si hay algo que me gusta de la experiencia aeronáutica son estas bellas damas del espacio. Andan sueltas a diario sobre veinte mil pies lejos de la tierra, entrenadas para servir whisky cuando el avión va en picada contra los Himalayas.

Conocí una vez una azafata en tierra. En el terminal de buses de Lisboa puteaba en italiano a los encargados de una de las compañías de buses, por haberla dejado botada en la capital lusa, cuando en realidad quería llegar a Oporto. Yo estaba en las mismas y me unía a los retos italianos que salían de su boca. Luego me miraba y me decía en una mezcla de idiomas que hablaba portugués, italiano, inglés, español y un poco de francés. Era italiana y llevaba una gorra negra (tipo yoqui), lentes negros y una polera negra que bien podía llevar un corazón dibujado en lentejuelas brillantes y un “Love” con los mismos detalles. Esperamos juntos más de 4 horas en una banca del terminal de buses de Lisboa. Mientras tanto, unos portugueses madrugados por el alcohol nos gritaban, en realidad le gritaban a ella, cosas desde una cafetería. La aeromoza italiana levantaba la voz y los mandaba literalmente a “cagar”. Sara era su nombre ahora que la recuerdo y no le venían con cuentos. Me trato como un niño asustado y en realidad eso parecía a esas alturas. Pensaba entonces que las azafatas en tierra no se sentían muy bien y que se comportaban de una manera completamente diferente a como eran arriba en el cielo, muy lejos de la elegancia que se acostumbra en las alturas.

¿qué hacen aquí pisando suelo? pensaba luego de dejar a Sara arriba de un taxi en Oporto. Simplemente se trastornan. Quizás busquen una pareja que sólo verán unas cuantas veces. Van recogiendo vestigios, pequeños tesoros e historias cada vez que sus pies pisan la tierra. Mareadas chocan contra un mundo que no conocen, lejos de los carritos y las conversaciones con los pilotos y los daneses con sus jugos de tomates, las azafatas con los pies sobre la tierra sólo sienten vértigo. Por eso la cita a Bolaño y la mirada de cómplice de ambas aeromozas cuando se cruzan en el pasillo sin entender la tensión y las pesadillas de los pasajeros chilenos, intranquilos y febriles antes de pisar el terruño. Porque son de arriba y los de abajo son sólo extranjeros de su pequeña patria aérea, sin embargo ¿Qué hicieron, cuando no existían los aviones, aquellas mujeres que nacieron para ser bellas damas del espacio? Quizás murieron antes de tiempo, antes de emprender el vuelo.

1 comentario:

  1. La última vez que viajé a Chile, lo hice en un vuelo lleno de chilenos que viajaban desde París. Somos los co-pasajeros más insoportables que puede haber. El chileno no duerme porque "hay que tomarse todo el bar" (ya que salió tan caro, hay que aprovechar, es la política). No pudiendo dormir porque no dejaban de conversar y cuchichear a mi lado, descubría que estos ruidos provenían de los chilenos que se paseaban a las 4 de la mañana para ir a servirse otro vaso de Fanta (se habían acabado los martinis). Es que no había finlandés paseando a esa hora, tampoco chinos, ni indios ni africanos ni americanos: solo chilenos. Hay otros de la familia chilena que son peor: nada mejor que mandonear a las azafatas francesas: es que por este precio lo mínimo es que haya buen servicio es la política!

    salut

    Adelino Umaña

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