
Durante siglos la infinita arena de los muchos desiertos ha sufrido tus pasos numerosos y tu aullido.
Borges
La primera vez que escuché la palabra Apocalipsis y me asusté fue un día corriente, hace varios años, cuando sin mucha gana me dirigí a un evento de mi universidad. Por esos días estudiaba derecho y nos convocaron al gimnasio de la universidad para darnos una bienvenida. Me senté con un amigo al medio de una multitud de estudiantes aburridos. De pronto a paso lento un hombrecito se subió al escenario, un tipo grisáceo por su tenida, con una gorra del mismo color y una bufanda café. Bien podría haber sido un viejo que lo sacaran de su propia ancianidad o de un asilo, para traerlo arropado a decir unas palabras a una juventud dormida. ¡Apocalipsis right now here! Chilló desprendido del micrófono agitando sus manos huesudas. Quedó el eco de la voz de Nicanor Parra en el aire y a mí se me apretó el pecho. Era mi primer y único encuentro con el poeta chileno y no se me olvidaría nunca. Su discurso no duró más de dos minutos, para luego retirarse como un viejo cualquiera, lejano a la física y a la poesía.
Otro día, y no hace mucho, viajé a Combarbalá, un pueblo minero del norte de Chile, falto de árboles, seco como la montaña misma. Partí para esos rincones porque quería entrevistar a unos cabreros que arriaban animales hacia argentina. En realidad quería llegar hasta el lado argentino de los andes, durmiendo a la intemperie, mateando arriba de una yegua. Sin embargo, entre Combarbalá y los cabreros, había que pasar una pequeña estadía por una comunidad autosustentable de seres humanos anti-sistema. Nunca me había parecido mal lo de las comunidades autosustentables, sino que incluso me parecían algo atractivas. Pero lo que me sucedió al llegar a esta comunidad de gente citadina que se fue a vivir a la montaña es algo que nunca hubiera imaginado. Más que una comunidad, este grupo de personas pertenece a una secta que cree en seres de luz (o ángeles) que vigilan y protegen a los hombres desde el ciberespacio. Tienen a un líder que se llama Claudio Pastén quien tuvo hace varios años una experiencia “cercana” con dos seres de luz que le revelaron que la tierra prometida era ese pequeño rincón del norte del país y que los elegidos (interpretaciones bíblicas mezcladas con extraterrestres) habían demorado 40 años buscando la tierra prometida porque habían tenido que cruzar el océano atlántico por debajo del mar, a través de unas naves/ciudades que estos seres de luz les habían dispuesto. Es decir, los judíos de aquellos tiempos encontraron la tierra prometida en Chile y viajaron a través de ciudades acuáticas. Lo increíble es que este grupo de gente sigue a Claudio Pastén hasta la muerte porque él dialoga y es poseído por los seres de luz, que hablan a través de él y le dan mensajes a cada integrante de la secta. Además un día multiplicó latas de cerveza cristal. De esto y otras cosas me enteraba la primera noche alrededor de una fogata junto a un par de personas de esta comunidad. Tras mis dudas y negatividad ante todas las pachotadas que me decían, me desafiaron y empezaron a invocar a los ángeles para que se revelaran a través de destellos de luz en el cielo. Estuvimos así cerca de una hora en el nunca agotador ejercicio de mirar el universo. A su vez, miraba a uno de estos personajes que usaba unos lentes poto botella, por lo que su visión bien podía estar bastante trastocada, cosa que comprobé cuando apareció un avión en el cielo y este hombre se puso a saltar y a decir: -¡ahí, ahí…viste! Con increíble emoción y convicción, y luego lo mismo con un satélite. Esta gente está realmente chiflada pensé. Luego me comentaron -con mucha tranquilidad- que los delfines venían del planeta Júpiter. Más encima de sustentablemente no tenían nada, con suerte unas gallinas que se mantenían solas y les daban huevos, todo lo demás era un solo basural bajo un hermoso cielo, los colores de la montaña y un río cristalino. ¿Cómo se sustentaba todo esto? Claudio convenció a su gente de que en el año 2012 sería el Apocalipsis (basado en sus propias teorías y apoyado por las predicciones mayas) y que si ellos lo seguían, serían rescatados por estos ángeles de luz y serían los únicos sobrevivientes del planeta (los chilenos, según Pastén, seremos arrasados por una gran ola de 1800 metros, algo así como una gran masa de agua del tamaño del cerro Manquehue y un poco más). Lo más triste era ver que dentro de la comunidad había niños. Vi a dos (y es la última imagen que me llevé cuando salí escapando del lugar por temor a que me sucediera algo) encerrados en su casa, lejos de los otros niños del mundo y del mundo, atrapados bajo la tutoría de sus padres, o más bien de dos seres pelando el cable. No tenían educación ni oportunidad de elección, ahí estaban en la alta montaña, bajo la fe ciega y fanática de personas ajenas a la cordura.
APOCALIPSIS RIGHT NOW HERE¡¡¡… me repetía.
No sé muy bien cómo interpretar a Nicanor Parra, pero me gusta pensar que el apocalipsis está sucediendo y desde hace mucho tiempo, quizás desde siempre. Todo tiene su fin, y el recorrido para llegar a éste, es ir lentamente acabándose. Así como los seres humanos tenemos nuestra fecha de vencimiento, pareciera que la humanidad también. ¿Cuándo? Tsunamis, las plantas nucleares y los samuráis kamikaze evitando lo peor, científicos europeos asustando a la gente diciendo que hasta acá llegamos (Pastén se frota las manos). Sólo gestos apocalípticos, ojalá el planeta tenga un poco más de paciencia, no sería justo desaparecer junto a Parra, yo también quiero mis noventa años de huaso macuco.
* Fotografía: Claudio Pastén poseído por los ángeles en un programa de TVN.
